27. feb., 2017

Texto

SOLEDAD PRIMERA

No hace nada ha muerto el malagueño Pablo Páez, que padecía Leucemia y que por su valentía y el uso de las redes sociales se había convertido en adalid de las donaciones de médula y el modelo de lucha contra la muerte. Ojalá ejemplos así llenaran las noticias, servirían de escaparate para que los demás vivamos en unos parámetros más humanos, más cercanos, más vitales y menos egoístas, menos belicosos, menos intransigentes.

Por nada del mundo quisiera quitar valor a Pablo. En dos años pasó de ser un atleta a ser una caricatura de sí mismo sin perder la esperanza y eso es de aplaudir y valorar, pero quisiera aprovechar a ocasión para anotar alguna cosa más que nos pueda servir de acicate.

Solo en España hay 4 millones de personas con enfermedades “raras” o con “fecha de caducidadmuy previsible y, alrededor de ellos, casi 14 millones de familiares que ponen a su disposición todo su bagaje anímico y psicológico para ayudar a que esa esperanza no se rompa. Y esos casi 18 millones de personas son “transparentes”, no se ven, no se dice nada de ellos, no se les valora. Por ello, me gustaría que, junto con el homenaje a Pablo, figurara el homenaje a toda esa gente anónima y silenciosa.

Pero, sobre todo me gustaría que se valorara en su justa medida a los 4 millones de enfermos a los que me refiero. Les dicen que todos vamos a morir y es cierto, pero no es un consuelo, porque esos cuatro millones de personas tienen un % mucho más elevado de que eso ocurra y el tiempo les aprieta, a la vez que las esperanzas se desgastan. Agotan la PACIENCIA (que es el fármaco más recetado en esos casos) y las fuerzas en el empeño de ir conquistando cada día, cada hora, cada minuto, cada segundo.

En eso no nos parecemos los sanos y esos enfermos. Esos enfermos no se pueden consolar con que TODOS tenemos que morir. Por otra parte, el resto de mortales no tienen una voz dentro de ellos que les vaya recordando cada instante que están enfermos. Esos 4 millones SI que la tienen y sus enfermedades CADA DÍA se manifiestan, de un modo u otro, para recordarlo así. ¡No me digan que la vida se les hace fácil!.

Los efectos de esas enfermedades son visibles y si no no lo son para los demás lo son para los enfermos y eso hace que se encierren en sí mismos o les impida tener el espacio o la oportunidad de conectar con los demás o que los demás no les noten “raros”, lo que, en definitiva provoca que se aíslen, se hagan solitarios, se encierren y se queden sin relaciones y sin espacios de “confort”.

Estos enfermos no necesitan palabras, ni mentiras, ni consuelos que encierren expresiones de dolor… A veces solo necesitan una sonrisa, una caricia, un abrazo…, cierta comprensión y afecto y, lógicamente, alguna ayuda, sobre todo cuando se va perdiendo la autonomía, que, en la mayoría de los casos, es la peor cruz que se ha de arrastrar.

Pablo ha mostrado ser valiente, pero todos esos que he nombrado, esos casi 18 millones lo son igualmente. Todos se merecen el mismo homenaje, todos luchan de igual modo por la vida, por el tiempo… sabiendo que dejarán la suya en el empeño.